jueves, 16 de mayo de 2013

"El tren de la última noche" de Dacia Maraini





Confieso que me ha costado asimilar este libro. Al llegar a la última página, parece que se abre otra noche profunda y oscura, en otra parada de tren, para reflexionar sobre todo lo que éste lleva en sus vagones. El final se engancha en el corazón y lo encoge con una impresión profunda, de tal modo que se convierte en inolvidable. Y todo ello a pesar de que aborda una época, -la guerra fría, en 1956, tras la Segunda Guerra Mundial- sobre la que se ha escrito ampliamente. Conocemos de sobra la crueldad y los rigores de los campos de concentración nazis, la mayoría de sus crímenes, el caos y la desolación que trajo consigo a Europa. Aun así, vista la historia a través de los ojos de Dacia Maraini, todas esas vivencias cobran una nueva intensidad.

Dacia Maraini, considerada como una de las grandes damas de la literatura italiana, coloca a una joven periodista en un tren tras otro, con un único rumbo y un solo destino: encontrar a su amor de adolescencia, un joven judío llamado Emanuele, años después de su desaparición en un gueto de Lódz. Junto a ella, acompañándola en la búsqueda y el viaje, aparecerán otros personajes, supervivientes de los horrores de la guerra, desde Viena a Budapest, pasando por el campo de concentración de Auschwitz. La mayoría son entrañables y todos especiales, descritos con puntillosa precisión y humanidad. También los hechos se relatan con un detalle minucioso: lo mismo el efecto de una bomba que un momento cotidiano. El conjunto es un retablo de vidas zarandeadas por la muerte, el infortunio, la crueldad ajena y los errores propios.

Maraini no olvida ningún punto de vista, incluido el de una de las esposas de los oficiales nazis que veía las columnas de humo de los crematorios de Auschwitz, sin cuestionarse su causa, o la de una joven alemana, “enamorada” entonces de Hitler, cuando se dejó “emborrachar” por la euforia de orgullo nacional que consiguió transmitirles:

“No hay nada peor que recobrar la cordura tras un amor desacertado (…) Ahora nos parece un monstruo con la voz desagradable, los ojos de un poseso y los gestos de un maniaco. ¡Pero entonces incluso lo encontrábamos atractivo¡ ¡Fascinante! Tenía a todo el mundo enamorado! (…) No sé cómo olía porque nunca llegué a verlo de cerca. Pero digamos que desde la distancia llegaba un perfume de rosas y violetas que me sorprendía incluso a mí. Era el olor de un país en fiestas, de un país victorioso.”

El amor, de un modo u otro, equivocado o auténtico, es la vía principal por la que transita el tren de este libro. En la búsqueda de Emanuele conoceremos (y adoraremos) la personalidad del niño y del adolescente que ama la protagonista, a través de las cartas que le envió cuando su familia se traslada de Florencia a Viena, en una errónea decisión que les costará acabar en el gueto de Lódz. Conoceremos a Emanuele como un niño intrépido y valiente que soñaba con construirse unas alas para volar, mientras se encaramaba a las ramas de los árboles:

“Siendo mirlo, comprendió que para sobrevivir es preciso vivir un minuto por delante de las cosas que ocurren…”

Y sabremos que Emanuele lucha y se transforma, cambia la alegría infantil por la obsesión adolescente de un día más respirando; hambriento de vida, pasa de mirlo a ave de presa. Todo por seguir volando: un pájaro que sobrevive a pesar de estar muerto. Un personaje de los más hondos que se pueden escribir. Inolvidable hasta la última palabra, del último tren, de la última noche.  



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